miércoles, 1 de febrero de 2017

29 de septiembre de 1957




29 de septiembre de 1957 Kyshtym (Rusia)
El lago permanecía tranquilo, no tenía mal aspecto a pesar de todo, no parecía que hubiera pasado nada malo; todo eso parecía cambiar si mirabas hacia la planta. El humo no cesaba y todos
Lago junto a la central nuclear de Kyshtym
sabían qué significaba eso, debían darse prisa si querían salir de allí con el menor daño posible, aunque eso ya era algo que dependía más de un milagro que de la velocidad que llevara el coche. Según habían oído, se había declarado el nivel 6 de peligro nuclear, por lo que de estar suficientemente contaminados, todos tenían ya un billete de ida sin retorno hacia el otro barrio.
Solo habían conseguido salir ellos tres de la planta, el mariscal Krushev, que supervisaba la operación aquel día, el jefe de proyectos Alexandrovich, y el sujeto de pruebas número 7.2, conocido como Oleg Jdanov.
El conductor era Alexandrovich, que no paraba de mirar atentamente la carretera con una impasibilidad que casi daba miedo, teniendo en cuenta el contexto de lo ocurrido. Krushev, con el semblante serio, no paraba de mirar tanto a Jdanov como al científico, sabía que debía entregar el informe al Kremlin y sabía que ellos no debían poner un pie en ninguna zona habitada, ellos eran en si un peligro para cualquier persona, habían sido expuestos y aunque llevaran los trajes de protección, Jdanov no lo llevaba.
Pasaron horas en silencio, con la radio emitiendo noticias con interferencia, noticias que daban poca información y posiblemente maquillada, así era el régimen, lo que importaba era aparentar que todo seguía en orden, todos debíamos hacer lo nuestro pasara lo que pasara, en eso se basaba el sistema que tan bien funcionaba con el gran líder Nikolái Aleksándrovich Bulganin, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas debía imponerse al enemigo capitalista a cualquier precio, de modo que el incidente de Kyshtym estaba más que justificado, quién sabe lo que podrían hacer los estadounidenses con un potencial mayor en la escala nuclear.
Krushev se auto convencía de que era lo correcto, sin mediar palabra con Alexandrovich llevó su mano a su Makárov PM, parecía que seguía intacta, no parecía haber sufrido daño alguno, pero eso es lo peor de la exposición al plutonio, que no tiene un efecto apreciativo en las primeras horas.
-Pare en el arcén Alexandrovich, no me encuentro bien.- Le comentaba al conductor, que lo miró de soslayo mostrando un sutil cambio en su semblante, sabía que si uno de los tres comenzaba a experimentar malestar, los demás no tardarían en correr la misma suerte. Los tres estaban en la misma habitación.
El coche fue reduciendo su velocidad mientras se iba apeando poco a poco en el arcén derecho hasta que freno del todo. El mariscal salió del habitáculo del coche poniendo antes el freno de mano para asegurarse de que no lo dejaban en la estacada en mitad de la nada entre Kyshtym y Moscú. La nieve cedía bajo sus pisadas y se alejó un par de metros del coche.
-Señor, no debería tardar mucho, en cuanto lleguemos al hospital podrá descansar y le darán medicamentos para estar mejor. Ahí fuera solo empeorará.- Le hablaba Alexandrovich desde el interior del vehículo. Pero daba igual, Krushev estaba rodeando el coche por la parte trasera del mismo mientras desenfundaba la Makárov. Solo serían dos muertes más, solo dos, luego sufriría por la exposición al plutonio y se dejaría morir, por la madre patria, por la Unión.
El helado aire entraba en sus pulmones enfriándolo desde dentro, pero ya estaba acostumbrado y sabía que eso duraría poco, además ayudaría el frío de la noche a acelerar el proceso. Con un poco de suerte en menos de un día todo se habría acabado.

Central nuclear de Kyshtym
-¿Mariscal? Señor, ¿dónde está?- Alexandrovich se asomaba por la puerta del copiloto, preocupado por no obtener respuesta alguna del militar, la oscuridad de la noche jugaba en su favor y si lo hacía rápido, podría quitarle de en medio sin siquiera darle un susto. Así fue, desde la oscuridad, apuntando a su cabeza desde fuera del vehículo donde tenía un blanco perfecto; no le hacía gracia ninguna acabar con un hombre desarmado, mucho menos con un hombre que había servido bien a la causa comunista y había ayudado en tantos proyectos, pero el deber de un soldado es para con su patria.
Tres, dos, uno…El gatillo sonó y el percutor golpeó fuertemente dejando oír un disparo que el silencio del paraje engulló como si quisiera que nadie se enterara de lo que había pasado allí, como si el propio lugar quisiera esconder esa situación.
Miró al científico que se hallaba inerte tumbado boca abajo sobre el asiento del copiloto, con una mancha de sangre cada vez más grande bajo su cabeza destrozada. Había sido un tiro directo, en la nuca, donde se daban los tiros para acabar rápidamente con las personas, tal y como le enseñaban en la academia militar.
En silencio volvió hasta donde estaba la puerta del copiloto y acomodó el cadáver de Alexandrovich en el asiento cerrando la puerta. Se dirigió hacia el asiento del piloto y se sentó acomodando los espejos, fijándose especialmente en el cuerpo de Jdanov, que seguía tumbado, dormido, como si no  hubiera pasado nada, “Mejor” pensó Krushev.
Aceleró el coche y se salió completamente de la carretera hasta entrar en una arboleda espesa, allí podría ser el lugar perfecto para acabar con todo, allí terminaría el trabajo y no sería más un problema.
Aparcó en la arboleda y salió del vehículo, agarró a Jdanov y lo acomodó al asiento del pasajero colocándole el cinturón de seguridad. Adelantó el asiento del piloto para poder entrar bien y realizar su trabajo rápidamente, puso el cañón de la Makárov en la frente del muchacho, que tendría unos 16 años, sus cabellos color castaño le caían por los hombros y una barba incipiente le crecía por las mejillas. Tenía unos rasgos suaves y característicos, era una pena que muriese de aquella forma y con la cara desfigurada, fue entonces cuando Krushev tuvo piedad y encañonó el pecho del muchacho, a la altura del corazón. Sería algo más doloroso, pero la madre del muchacho lo agradecería en el entierro.

Otra vez, tres, dos, uno…Un nuevo disparo que se tragó el silencio, esta vez el receptor había emitido un leve gemido de dolor, claramente era algo que le habría dolido a rabiar, pero la debilidad de su cuerpo le impedía siquiera emitir un susurro timorato.
 Volvió a salir del coche, cerró la puerta y miró a lo lejos. No había luces, salvo las del faro del coche. La oscuridad lo envolvía en sus últimos pensamientos y se permitió el lujo de encenderse el último cigarrillo. Lo lió mientras cantaba el himno de la internacional comunista, que sonaba en la radio justo en ese momento, y lo encendió con su mechero. Dio una calada, dos, tres, cada una más lenta que la anterior, sabía lo que venía tras el cigarrillo y quería alargar ese momento al máximo. Finalmente terminó el cigarro y tiró la colilla a unos metros de él, acto seguido volvió a tomar la pistola y la miró fijamente, se concentró y se preparó, estaba listo, se encañonó la sien y cerró los ojos fuertemente una última vez. Luego los abrió y… no podía ser, estaba de pie frente a él, con unos ojos de color verde que brillaban iluminándole la cara. Se había quedado petrificado y con la boca abierta mientras el individuo frente a el alzó un brazo como queriendo cogerle, pero solo se vio un destello de luz verde.
Allí quedaban sus restos fundidos con el suelo, helándose poco a poco con el frío de la noche, en una arboleda alejada de cualquier lugar habitable, rodeado por la nieve. Del lugar se alejaba lentamente y tambaleándose un muchacho joven con una larga melena color castaño sobre sus hombros y un halo brillante en sus ojos. Oleg Jdanov se dirigía a Moscú, no podía quedarse más tiempo en la Unión Soviética sin que corriera peligro, se alejaba despacio hacia la carretera mientras iba dejando tras de sí el lejano sonido de la internacional comunista que seguía emitiendo la radio del coche. 










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